Historia: La voz de mama

 

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La voz de mamá

1
Aunque ella misma no lo consideraba como un pasatiempo, sino como una actividad para realizar en ese tiempo en el que no se tiene nada que hacer; se encontraba como de costumbre acostada en su cama boca abajo, estaba apoyada en sus codos para poder escribir y manipular su laptop, sus piernas flexionadas de tal forma que sus pies estaban al aire, revisaba sus redes sociales y chateaba con una amiga.
Había intentado arreglar su habitación días atrás: hizo el intento de pintar algunas flores y estrellas en las paredes, colgó algunas luces en la esquina de la pared justo arriba de su cama y descendían hasta enredarse en toda la cabecera, muchas de sus cosas y accesorios variaban casi todas las tonalidades del rosa, tapetes, persianas, algunas muñecas, su lámpara y hasta la cobija de la cama. Aquel primer día en que por fin lo terminó se veía realmente bonito, una verdadera habitación de una chica. El gusto sólo duro ese día. Durante los días siguientes, la ropa que se quitaba y terminaba sobre la cama o la silla de su mesita, algún traste olvidado de una cena anterior, un par de toallas –una más chica que la otra–, y varios objetos diversos, opacaban el gran trabajo que había realizado con tantos ánimos.
–Espera, ya me dio flojera de escribir, hagamos video llamada mejor, ¿no?
–Si quieres –le respondió su amiga.
Oprimió el botón y comenzó a sonar el tono de llamada que marcaba a su amiga. Esa fue la primera vez que se escuchó, aunque fue más como un susurro y el sonido de la llamada lo opacó por completo, se podría decir que ni siquiera lo escuchó, fue más como esa sensación que tienes de que alguien te llama cuando en realidad no lo han hecho, como un tic o un Deja vú.
Su amiga respondió la llamada y apareció en la pantalla. Estaba muy cerca del monitor, quizá sentada frente a un escritorio por lo que no dejaba ver mucho de su habitación, pero no podía estar en peores condiciones que la de su amiga.
–¿Y entonces qué fue lo que te dijo? –continuó la conversación en el mismo instante en el que apareció a cuadro. Espero un segundo completo por la respuesta pero no la obtuvo, su amiga, que seguía recostada en la cama, parecía estar mirando hacia afuera de su habitación–. Oye, ¿qué pasa?
–No es nada, creí escuchar algo abajo.
–Pues ve a ver, quizá es tu mamá.
–No, estoy sola en la casa.
–¡¿En serio?!, me hubieras dicho antes y organizábamos la fiesta.
–Claro que no, mi mamá llegará al rato.
–Qué mal. ¿Y entonces que te dijo Harry?
–Ah sí, pues dijo que según ella no hizo eso, pero ya sabes que siempre la defiende.
–Pero la culpa es tuya, porque siempre le haces caso.
De nuevo su amiga se quedó esperando una respuesta. No sabía si se había congelado la imagen o, como siempre, si su amiga se había distraído con una mosca. Fue un susurro, de nuevo podría jurar que no escuchó nada, aunque también juraría que sí.
–¿Estás ahí?
–¿Qué? Sí, es que creí… nada, ¿qué decías?

Los ruidos en la parte inferior de la casa fueron lo que la despertaron. Estaba acostada sobre las cobijas, la computadora estaba apagada pero seguía sobre la cama. Intentó concentrarse en lo que la había despertado pero, aunque se había sentado en la orilla de la cama, seguía adormilada. Miró a las ventanas, aún entraba algo de luz, no había dormido demasiado. Se volvió a escuchar, un fuerte ruido abajo. De un sólo salto ya estaba debajo del marco de la puerta de su cuarto, asomándose, intentando ver algo sobre el barandal de las escaleras, aunque era imposible ver algo desde ese lugar.
Avanzó lentamente por el pasillo, el cual se encontraba justo sobre el recibidor, se aferró al barandal intentando asomarse hacia abajo. De más chica imaginó muchas veces que se colgaba de ese enorme candelabro de araña que colgaba justo en el espacio vacío que quedaba entre la puerta de entrada, las escaleras y ese barandal, aunque nunca lo hizo, casi rió con la imagen de ella muerta debajo de esa araña dorada, con la lengua de fuera y pedazos de techo esparcidos al intentarlo a esa edad. De nuevo, desde ahí no pudo ver nada. Se escuchó otro golpe débil desde el fondo de la casa. Se detuvo un momento y contuvo la respiración para concentrar todo su poder en el oído, pero ya no escuchó nada. Eso la puso más nerviosa. Avanzó por el pasillo muy despacio, cada paso hacía que la madera debajo de sus pies tronara suavemente, casi todos los escalones hicieron el mismo sutil sonido mientras bajaba.
En el tercer escalón, antes de terminar de bajar, apoyó todo su cuerpo sobre el barandal para asomarse al interior de la casa, entonces volvió a escuchar un sonido, un poco más fuerte esta vez. Animada, más por la curiosidad de la repetición que por el miedo, continuó su camino, llegó al comedor, en esa casi oscuridad que lo llenaba sólo pudo distinguir algunas bolsas de plástico colocadas sobre la mesa. Lo más destacable era una tenue sombra que danzaba sobre una elipse de luz amarilla en el suelo. Al mirar hacia la puerta de la cocina pudo ver, a través de la ventanilla redonda de ésta, que una persona se acercaba.
–¡Que bueno que bajaste!
Emily casi se fue de espaldas por la sorpresa al ver salir a su madre tan apresurada.
–Ayúdame con las compras.
–¿Tú estabas haciendo ruido, hace rato? –le preguntó a su madre.
–Sí, es que se me cayeron unas latas.
–¿Pero eso hace cuánto fue?
–¿Qué? Ay hija, no sé, hace rato. Anda ayúdame con las bolsas de la mesa, anda ya –insistió mamá al ver que su hija no reaccionaba.

Dormía profundamente en su cama, el cobertor apenas le tapaba los brazos. Le gustaba dormir en una completa oscuridad, o casi, ya que las gruesas cortinas no dejaban entrar la luz por las ventanas. El cuarto sólo era alumbrado por esas luces que había colocado sobre su cama, la luz era suave y, hasta cierto punto, cálida. Miraba hacia las ventanas, por lo que le daba la espalda a la puerta.
Una suave brisa se abrió camino hasta su cuarto, luego flotó sobre la cama hasta acariciar sutilmente su cuello. Ésta sólo causó que se moviera un poco, sacudió el delgado mechón de cabello detrás de su oído y continuó dormida. Una segunda brisa flotó justo hasta su cuello, a pesar de estar dentro de un sueño, tuvo la conciencia suficiente para escucharlo, no era sólo una corriente de aire. Despertó mirando las ventanas, la luz de su serie era suficiente para distinguir que no se movían, aún así ella recordaba que las había cerrado antes de acostarse. Fue la lógica la que hizo que se diera vuelta y mirara hacia la puerta. Estaba entreabierta. La miró extrañada un momento. Siempre la cerraba, así le gustaba a ella, pero por alguna razón no lo estaba. Una línea de azul profundo entraba a través de ella recorriendo la alfombra y recorría poco más de un metro hasta escalar el buro, en él, el reloj digital indicaba las 3:07am. –No es más que mi imaginación y un sueño– se dijo a si misma e intentó dormir de nuevo.
Apenas se había acomodado para volver a dormir, cuando la puerta emitió un ligero chirrido. Otra brisa la movió tan despacio que sólo se abrió unos milímetros para luego volver a su posición. De inmediato la brisa llegó hasta la cama y luego a su oído. Un temblor recorrió su cuerpo naciendo desde la base de su cuello hasta sus pies acelerando el ritmo de su corazón, no quiso abrir los ojos pero aún así toda su atención estaba concentrada en sus oídos, estaba muy segura ahora. No fue un sueño, tampoco era una simple corriente de aire entrando desde alguna ventana de la casa abriéndose paso hasta su habitación, tampoco lo había imaginado horas antes con su amiga. Estaba segura de que lo había escuchado, muy a pesar del silencioso volumen del susurro. Era como si alguien le hubiera hablado justo detrás del oído, y sus nervios le hacían pensar que quien hubiera sido se encontraba aún junto a su cama. Continuaba debajo del escudo de protección que formaba el cobertor, su cabeza parecía querer enterrarse en la almohada y el miedo la tenía petrificada en esa posición sin querer hacer el intento por moverse o por abrir los ojos.
Pasaron sólo unos segundo, que para ella fueron eternos al pensar en la ilimitada cantidad de opciones, desde lo más inverosímil hasta lo más lógico. Prestó toda su atención en esos segundos pero ya no pudo escuchar nada, ni una voz, ni movimiento en su cuarto, ni la puerta siquiera; el silencio era total. Poco a poco se fue tranquilizando, sintió que sus latidos se calmaban y bajan el volumen, reunió algo de valor y por fin abrió los ojos. No había nada. La puerta seguía casi tan cerrada como lo estaba antes. La única diferencia la tenía el reloj, que ahora marcaba las 3:08am.
Espero casi con paciencia por un momento pero nada sucedió. Se puso nerviosa de nuevo, ahora le daba miedo volver a cerrar los ojos pensando en la posibilidad de que al hacerlo volviera a ocurrir. ¿Qué podía hacer? Permanecía en la misma posición con la mirada perdida en el vacio entre su cama y la puerta. No supo cuándo pero al fin se quedó profundamente dormida.

2
Regresó de la escuela. Entró a la casa y cerró con llave de inmediato, como de costumbre permaneció un instante en el recibidor, sencillamente le gustaba mucho ese lugar, respiró profundamente mientras los haz de luz solar dibujaban su trayectoria a través del polvo, esa era la habitación más iluminada de la casa gracias a los vitrales que formaban la gran puerta de cristal, la madera del suelo y de los acabados de la casa se veía aún más roja a esa hora de la tarde. Luego de respirar profundamente, colgó su mochila sobre el barandal y se dirigió a la cocina por un bocadillo. En toda la casa imperaba el silencio. Salió de la cocina con un plato con dos sándwiches, tomó su mochila y subió a su habitación. En el camino confirmó lo que ya sabía, al pasar frente a la habitación de su madre pudo notar que estaba vacía. Se encontraba solo en casa.
Arrojó la mochila al suelo y encendió la laptop para volver a ese mundo virtual en el que prefería vivir. El plato lo puso suavemente junto a la computadora justo antes de que ella saltara a la cama para navegar con toda comodidad.
Lo primero era revisar sus redes sociales, la tarea podía esperar, si es que le decidía dedicarle algún tiempo. Entró a una página de música y puso a reproducir una lista. Daba clics por todos lados, en una foto, en un enlace, en algún comentario, debía estar al día. Al poco tiempo una ventana le indicó que su mejor amiga se había conectado y de inmediato la oprimió, así comenzó otra video llamada con ella.
–Hola, ¿cómo estás? –le preguntó a su amiga.
–Aquí aburrida, ¿y tú?
–También.
–¿Y qué cuentas?
–Nada, ¿y tú?
–Nada.
Por unos minutos la conversación no avanzó de ahí, su amiga se puso a hacer otras cosas por su habitación así que ella se distrajo en lo que miraba otros sitios y comía su bocadillo. Luego de un rato su amiga volvió a hablar llamando su atención.
–¿Ya viste el estado de Harry?
–No, ¿qué puso?
–Ya sabes, otra de sus tonterías machistas.
–Deja lo veo.
Por un momento su mirada permaneció fija en la pantalla –mientras busca la publicación de su amigo– pero a su amiga le pareció que alguien le había hablado, ya que sólo pudo ver como volteaba manteniendo una mira extraña, como de sorpresa o incredulidad.
–¿Qué ocurre, llegó tu mamá? –no reaccionó– ¿Hola? ¿Qué ocurre?
–¿Qué? Nada es que creí escuchar algo abajo, pero no, nada.
Le dio otra mordida a su sándwich y continuó leyendo en la pantalla. Por un rato siguieron hablando de Harry y de cómo les molestaba todo lo que hacía.
Entonces se volvió a distraer, en esta ocasión se tuvo que girar sobre la cama para poner más atención, estaba casi acostada de lado, recargada sobre su brazo izquierdo.
–¿Qué pasa? Has estado muy distraída en estos días.
–Es que lo volví a escuchar, estoy segura.
–¿Y qué escuchaste?
–Como si me hablara mi mamá. Pero ella no está.
–Entonces lo imaginaste.
–No, estoy segura. Espera, iré a revisar.
Lo que su amiga pudo ver a través de su pantalla fue como se levantaba y salía de su habitación, incluso alcanzó a ver como giraba por una fracción de pasillo –ella, que conocía su casa, supo que se dirigía a las escaleras.

–¿Mamá?
Se asomó al piso inferior recargándose en el barandal, justo en frente del gran candelabro de araña, estaba tan asomada que sólo la punta de su pie izquierdo tocaba la madera del suelo, su perna derecha estaba levantada a la altura del barandal, un poco más y podría perder el equilibrio y caer. Al no escuchar una respuesta fue hasta las escaleras, bajó a la mitad y apoyándose de nuevo, se asomó hacía el comedor y cocina.
–¿Mamá, eres tú? –de nuevo no hubo respuesta.
Llegó hasta abajo, luego caminó hasta el comedor, que se encuentra pasando las escaleras, directo por el pasillo, a la izquierda, estaba la entrada a la cocina y a la derecha se encontraba la gran mesa de madera, al fondo, cubriendo por casi por completo la pared, un gran espejo que reflejaba todo en la habitación. Entró a la cocina y no pudo ver nada, al salir fue a la sala, que está del lado opuesto a las escaleras. Estaba sola en casa. Decidió regresar a su habitación y continuar la plática con su amiga para averiguar que tanto había su crush, Harry, con quien nunca había tenido el valor de platicar, lo criticaba con su amiga, por mujeriego, pero en su interior moría por estar con él.

Su amiga seguía en la pantalla. Tomó la computadora y su último sándwich y los llevó hasta su escritorio. Ahora su amiga podía ver las puertas blancas de su ropero y, más en el fondo, la puerta abierta que dejaba ver otro poco del pasillo.
–¿Qué pasó?
–Nada, no había nadie.
–Te dije que imaginabas cosas.
–Sí, es posible.
–O seguramente se trata de un fantasma, ya que tu casa está encantada.
–No juegues con eso, sabes que sí me da miedo, y más porque estoy sola.
–Tranquila, estoy jugando, a demás yo estoy contigo.
–Pues sí, pero en tu casa, desde ahí no podrías ayudarme en nada.

Un par de horas después, durante la comida.
–¿Me estás escuchando? –preguntó su mamá al no recibir respuesta.
–¿Qué? No, lo siento mamá, pensaba en… nada, ¿qué decías?
–Te dije que comieras ya, se te está enfriando. ¿En qué tanto estás pensando?
–Es que creo que he estado escuchando voces o… cosas –comenzó a contarle mientras trinchaba una papa cocida con el tenedor.
–¿Qué clase de cosas?
–Susurros, es una voz que me llama siempre que estoy sola en casa –una pausa en lo que masticaba y tragaba–, lo más extraño de todo es que podría jurar que eres tú la que me llama, como hoy, cuando me hablaste para bajar a comer, aunque son sólo susurros.
–Es tu imaginación hija, por pasar tanto tiempo en esa computadora –comentó su madre luego de analizar el relato por un instante–, anda, sigue comiendo.

El reloj despertador marcaba las 3:07am. La imagen resultaba tan familiar. Estaba durmiendo, el cuarto era débilmente iluminado por las luces de su serie navideña, la puerta estaba casi cerrada, un haz de luz se alcanzaba a entrometer en ese pequeño espacio entra la puerta solida y la pared.
La sensación la despertó de inmediato provocando que abriera los ojos por completo. Ese fue el único movimiento que hizo, aunque no podía hacer otra cosa ya que estaba congelada por el miedo, y en realidad tampoco hubiera querido moverse, como si sus sábanas fueran un poderoso campo de fuerza que la protegieran de los fantasmas que su amiga había mencionado que acechaban su casa mientras no se moviera. No quería no voltear.
Esta vez no había sido un susurro, era una voz fuerte, claramente era la voz de su madre la que había dicho su nombre, tan fuerte y claro como si lo hubiera dicho a su oído –Sólo puede ser mamá, no hay forma de que sea otra cosa– intentó pensar de manera lógica. Reunió valor, sacó la cabeza de debajo de las sábanas y se giró para ver hacia la puerta. No había nada. Quiso pensar que fue su imaginación, o un sueño muy real, e intentó dormir de nuevo, cosa que le costó trabajo por los nervios.

3
Al regresar de la escuela al día siguiente, justo al entrar a su casa, permaneció un momento de pie en el recibidor, pero en esta ocasión se encontraba contemplando la casa, como si buscara algo, podía ver un poco de la sala, media mesa del comedor y el pasillo sobre las escaleras, el silencio imperaba en su hogar; definitivamente no había nadie en casa, o así parecía.
Llegó a su habitación a continuar con su rutina. Luego de botar su mochila al suelo y encender la computadora, comprobó que su amiga no estaba en línea. Revisó sus notificaciones, nada interesante. Deslizó un poco el cursor para mirar lo que había ocurrido en el mundo virtual, pero pronto se aburrió de eso también. Dejó todo como estaba y se tiró en la cama para dormir.

La voz en su cabeza retumbó armoniosamente como en un sueño, en él, la voz repetía una y otra vez la misma frase, como si la llamaran del más allá, una voz espectral pero tranquila y, hasta cierto punto, familiar.
Lo alcanzó a escuchar una vez más entre sus sueños, pero tan real que al fin despertó.
–¿Qué? –dijo con suavidad casi para sí misma en lo que despertaba por completo.
No le importó cuánto tiempo durmió, bastante luz entraba aún por las ventanas. Seguro durmió un par de horas a lo mucho. Miró somnolienta a su alrededor mientras recordaba lo que había soñado, entonces...
–¡Emily!
La voz desde la parte de debajo de la casa llamó su atención y recordó de inmediato lo que había soñado y lo que la había despertado. Ambos, sueño y realidad, había sido la voz de su madre quien la llamaba.
–Emily, baja a comer –volvió a gritar desde abajo.
–¿Mamá? –pensó desconcertada.
En realidad no era un pensamiento tan absurdo, su madre pudo haber llegado en lo que ella dormía, le pudo haber dado tiempo de preparar la comida también.
–¡Emily! –el grito ahora fue un poco más fuerte.
Finalmente se despertó por completo, saltó de la cama, se calzó con sus pantuflas y salió de su habitación a paso lento. No había cruzado ni medio pasillo cuando se escuchó de nuevo.
–Emily, que bajes a comer.
–Ya voy mamá.
Se encontraba a punto de pisar el primer escalón cuando un fuerte jalón tiró de ella hacia atrás, una mano tapó su boca mientras que otra la abrazaba fuertemente por el estomago y la llevaba hasta la pared opuesta a las escaleras. De no ser por esa mano, su grito, de miedo autentico, se hubiera escuchado incluso fuera de la casa.
–¡Shhhh! –las manos que la sujetaban con fuerza la soltaron poco a poco hasta dejarla por fin, por lo cual pudo darse vuelta y ver que era su madre quien la había tomado–.
–Ya te escuché, ya iba para abajo mamá.
–Yo también lo escuché.
Emily permaneció callada por un momento, intentaba analizar lo que estaba ocurriendo, fue sólo cuestión de tiempo para que recordara las ocasiones anteriores en las que había creído escuchar cosas.
–¿No fuiste tú quien me habló? Podría jurar que eras tú, era tu voz.
–No. Yo estaba dormida en mi cuarto y me despertó ese grito, escuché perfectamente como te hablaban desde abajo.
–Te dije que había estado escuchando cosas. ¿Y ahora qué hacemos?
–¿Cómo que qué hacemos?
–Sí, tenemos que bajar a ver quién es.
–¿Estás loca? ¡Y si es un ladrón o un asesino!
–No, yo ya he bajado a revisar cuando lo escuché antes, y no encontré a nadie, pero si ahora tú también lo escuchaste, podríamos encontrar de dónde viene juntas.
–Creo que no deberíamos –su madre sonaba muy asustada, y para nada convencida con la idea de su hija, pero finalmente accedió.

Bajaron las escaleras con demasiado cuidado, intentaban no hacer ruido ni llamar la atención de quien fuera que estuviera abajo y, aunque Emily había insistido en que fuera al revés, era su mamá quien iba por delante.
Desde el pie de las escaleras podían ver la sala, no había nada en ese lugar. Terminaron de bajar y dieron vuelta para dirigirse al comedor; apoyada en la esquina de la pared asomó sólo la cabeza para comprobar que ahí tampoco había nadie ahí. Continuaron avanzando, Emily seguía a su mamá sujetándola con ambas manos, casi abrazándola. Al llegar a la puerta de la cocina sólo tuvieron que empujarla un poco para comprobar que también estaba vacía.
–Parece que no hay nadie –afirmó Emily mientras la puerta se cerraba sola.
Al darse vuelta, su mamá quedó petrificada, su rostro mostraba una extraña combinación entre autentico terror y duda. Sólo unos segundos le bastaron para comprender el rostro de su madre y cuando por fin lo hizo, de inmediato miro en la misma dirección en que ella lo hacía, sólo para compartir el terror que su mamá observaba. En efecto la casa estaba vacía –a excepción de ellas dos– pero de alguna extraña manera, por increíble que pareciera, no estaban solas. Justo en frente de ellas, pasando la gran mesa de madera y un poco más allá, se encontraba el espejo que reflejaba todo en la habitación, todo menos a ellas. Ahí estaba la mesa, las ocho sillas, la vitrina que resguardaba la bajilla especial que sólo usaban en la cena de navidad con toda la familia, alcanzaba a reflejar la puerta de la cocina e incluso reflejaba –desde su perspectiva– un cacho del recibidor. Ese espejo, que ocupaba casi toda la pared, lo reflejaba todo en la habitación, todo menos a ellas. Sin embargo, en el lugar en donde debería de estar su reflejo se encontraban dos… personas, eran dos mujeres, una mayor que la otra, se podría decir que eran ellas mismas, pero había claras diferencias que hacía más que evidente que no eran ellas. Su piel era más pálida y con una tonalidad verduzca, como el moho que se forma en lo podrido, su cabello se encontraba completamente desaliñado, sucio; su ropa estaba muy gastada, pero lo que aterraba en verdad al verlas eran sus ojos, blancos por completo, rodeados por piel oscura, como grandes ojeras malignas. Definitivamente no eran reflejo de las reales, ya que cuando intentaron moverse para comprobar que lo que veían eran visiones solamente, éstas copias no las imitaban.
–¡Emily, ven con mamá! –habló el reflejo que correspondía a su mamá mientras levantaba los brazos, invitándola a recibir un abrazo.
La sonrisa que dibujó su rostro las aterró aún más, ya que su boca estaba llena de grandes y agudos colmillos afilados. Emily jamás había estado tan asustada en toda su vida, observaba esas figuras aún sin poder creerlo pero convencida por completo de que las veía, al igual que su madre.
–Bueno, si no quieres venir, Emily, yo iré a ti.
Las dos figuras comenzaron a caminar, se desplazaban sin avanzar en realidad, estaban caminando en el espacio dentro del espejo, la misma distancia que las separaba a ellas del espejo, atravesaron el comedor hasta que finalmente llegaron a ese muro invisible que las separaba de la realidad. Emily y su mamá no podían hacer más que mirar aterradas con la esperanza de que ahí terminara su camino. No podían estar más equivocadas. Un chirrido infernal, como el ruido de un pizarrón que es arañado por un tenedor, pero ampliado mil veces, comenzó a sonar justo cuando el par caminó a través del espejo, lo primero que vieron atravesar fue una mano extendida, esa fue la señal.
–¡Tenemos que irnos de aquí! –gritó su mamá mientras la jalaba por el brazo derecho corriendo hacía el recibidor.
El chirrido continuó por unos segundos y luego hubo un silencio incomodo, lo cual les indicó que terminaron de salir a su mundo. Lo último que pudieron escuchar fue un estruendo detrás de ellas, vidrio rompiéndose y grandes objetos que se golpeaban. Fue Emily quien volteó a ver, la mesa del comedor salió volando hasta impactarse con la vitrina, el vidrio de las puertas, los platos y vasos terminaron de romperse al estrellarse por todo el suelo. Volvió a voltear al frente, estaban justamente abajo del candelabro de araña, a la mitad del recibidor, su mamá aún tiraba de ella para correr a toda prisa a la salida, pero unos pasos antes de llegar a la puerta, sintió que la tomaban por el otro brazo, Al voltear de nuevo pudo ver esa mano pálida y verdosa sujetándola, era su mamá, la mamá espectral. De un solo jalón la hizo caer y con ella a su mamá real.
Segundos después el chirrido, que indicaba que el cristal del espejo estaba siendo atravesado, hizo eco por toda la casa una última vez más.

 
 
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